El problema no es que haya armas; el problema es mucho más grave y serio. La mezquindad aflora en el momento más inesperado, con armas o sin ellas.
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No hay época más decadente que aquella que cree no tener prejuicios.
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Muchos se preguntan y se asombran por mi "inacción" política, por mi "neutralidad", por mi ausencia de crítica ante los "males" e "injusticias" de la sociedad, por el hecho de no afiliarme a una ideología, por mi desinterés por buscar soluciones. Yo les contesto: sólo me interesa lo perenne, lo cortés, lo disciplinado, lo superlativo, me interesa la contundencia de lo monacal en oposición a la puerilidad del bullicio democrático; me interesa todo aquello que las fuerzas políticas y sociales de hoy no pueden ni podrán representar.
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Aquel que busca soluciones en la política no ha entendido la verdadera esencia de lo humano, porque lo humano es simultáneamente amor, desprecio, sufrimiento, perdón, bondad, fuerza, fragilidad; lo humano es todo aquello que no configura un "marco de soluciones" sino un "sinfín de problemas". Lo verdaderamente humano es vivir y apropiarse del problema.
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Anular lo que no es práctico, eliminar lo que no es útil, es la marca indeleble de lo moderno; la marca de la bestia.
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Esa tendencia generalizada de la bondad a la fuerza, de querer ser buenos ciudadanos a las patadas, de querer eliminar todo sufrimiento porque la vida no es sufrimiento sino placer y gozo, no sólo es demostración del tipo de sociedad trivial, pueril y fácilmente manipulable en la que vivimos, sino que es caldo de cultivo predilecto del más perverso y retorcido de todos los totalitarismos: el totalitarismo de la emulación.
Lo verdaderamente hermoso de la bondad es que es callada, austera, queda, silenciosa, que no busca créditos ni retribuciones de ningún tipo, que no está en búsqueda de prosélitos sino que se encuentra ahí, en el aire, dispuesta a asirse de aquel que esté dispuesto a enfrentar el reto bajo sus difíciles condiciones de juego. La bondad es el reto más difícil de todos porque no habla en el idioma del triunfalismo; nos enfrenta con nuestra propia naturaleza y nos hace humanos. La bondad no es para nada ese tonto juego de autocomplacencia y arrogancia infantil en el que se ha convertido hoy.
Lo verdaderamente hermoso de la bondad es que es callada, austera, queda, silenciosa, que no busca créditos ni retribuciones de ningún tipo, que no está en búsqueda de prosélitos sino que se encuentra ahí, en el aire, dispuesta a asirse de aquel que esté dispuesto a enfrentar el reto bajo sus difíciles condiciones de juego. La bondad es el reto más difícil de todos porque no habla en el idioma del triunfalismo; nos enfrenta con nuestra propia naturaleza y nos hace humanos. La bondad no es para nada ese tonto juego de autocomplacencia y arrogancia infantil en el que se ha convertido hoy.
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Me molesta sobremanera esa horrible confusión que impera hoy en día con respecto a los conceptos de bondad y justicia ¿Qué es la bondad? ¿Qué es la justicia?
La bondad y la justicia, como la cultura, son actos de una naturalidad pasmosa, sin trámites ni condiciones, sin letra menuda; no son una transacción bancaria.
Considero al amor maternal como la máxima expresión de entrega abnegada y desinteresada, bondad y justicia en grado sumo.
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Ciertamente tengo ideales, pero sé con exactitud hacia dónde están apuntando porque conozco muy bien todo lo que amo y todo lo que desdeño. Tampoco es una declaración de derrota - ni mucho menos de triunfo - porque soy un hombre que que aún no se ha embriagado con la sidra posmoderna de lo "indestructible", porque reconozco de sobra mis límites. Obedezco a un mandato superior y no a miles de mandatos subalternos y esto es lo único que me mueve en esta vida.
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Ante la innúmera horda de tontos útiles que abunda en este mundo, sólo queda como conclusión que hay una fuerte tendencia vocacional a ser funcionario.
Ideologizar todos y cada uno de los aspectos de la vida es la forma como el hombre de hoy compra su libertad. La libertad que adquiere a su paso, es la llave maestra del totalitarismo de los tiempos que siguen.
Al ciudadano del común le aterra la sociedad paternalista y despotrica de ella cada que puede. Paradójicamente, ese mismo ciudadano, anhela y exige un Estado paternalista y asistencialista.
¿Quién carajos entiende al ciudadano del común?
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Ideologizar todos y cada uno de los aspectos de la vida es la forma como el hombre de hoy compra su libertad. La libertad que adquiere a su paso, es la llave maestra del totalitarismo de los tiempos que siguen.
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Al ciudadano del común le aterra la sociedad paternalista y despotrica de ella cada que puede. Paradójicamente, ese mismo ciudadano, anhela y exige un Estado paternalista y asistencialista.
¿Quién carajos entiende al ciudadano del común?
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Definitivamente hay que hacer las cosas muy bien pero no hay necesidad de tomarse demasiado en serio.
El problema del mundo moderno es que hace las cosas muy mal pero se toma demasiado en serio.
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Resulta curioso que las personas que más despotrican de la autoridad, las personas que se autoproclaman desobedientes y ácratas, son las mismas personas que tienen más deseos de imponer, de mandar.
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